¿Dónde está el enemigo?
Independientemente de lo respetuosos que seamos con la ley, lo mirados que seamos con las normas y lo corteses que seamos con los modales, el conflicto nos rodea en forma de injusticia, ya sea como ofensa, agresión o abuso, o en forma de lucha entre intereses aparentemente incompatibles o contrarios.
Un adecuado manejo de los conflictos, evitándolos, con respeto por la ley, las normas y las costumbres, encajándolos, controlando nuestra agresividad, y conduciéndolos, con escucha activa, búsqueda de intereses, sincronización, demora de decisiones, acotación de los problemas, flexibilidad, creatividad, buscando el bien mutuo y la equidad..., suele suponer, en muchas ocasiones, el poder resolverlos y, en todo caso, el no agravarlos y multiplicarlos.
Afrontar injusticias, acordar soluciones ante intereses contrarios, vender nuestros intereses y vendernos como aliados, todo ello, se rige por normas similares que se pueden compilar en la negociación estratégica.
Un obstáculo y tres herramientas:
El obstáculo casi siempre soy yo, mi rigidez, mi agresividad, mi patanería...
La primera herramienta es el autocontrol de emociones y metalenguaje: saca la agresividad de la mesa, nos da tiempo para escuchar y analizar, nos permite esconder nuestros intereses y necesidades, y escoger cuándo mostrarlos.
La segunda herramienta es la preparación: conocer las afinidades, inquietudes, intereses, necesidades, pasiones... del otro negociador, y hacerlas nuestras para colmarlas; además hay que saber sincronizar nuestro lenguaje/metalenguaje.
La tercera herramienta es una actitud centrada, flexible y solidaria: separando el problema de la persona, concentrándonos en los intereses, profundizando en el conflicto, contemplando todas las opciones y buscando una solución de mutuo beneficio y equidad.
Negociar como sea y como salga es la opción más socorrida.

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